“No se puede hacer una república sin matar gente.”
—Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio
Pocos nombres han sido tan temidos y malentendidos como el de Nicolás Maquiavelo. Su apellido se convirtió en sinónimo de cinismo, manipulación y crueldad política. “El maestro del mal”, lo llamó Leo Strauss; “el doctor del crimen”, dijo Voltaire. Incluso Federico II de Prusia lo acusó de haber “corrompido la política” y esparcido por el mundo “el olor apestoso de su perversidad”

“No se puede hacer una república sin matar gente”.
Pero el Maquiavelo real —el que escribió Los Discursos sobre la primera década de Tito Livio— era otra cosa. Un republicano convencido, amante de la libertad civil, que veía en la política no la exaltación de la tiranía, sino el arte de construir y conservar el orden común. Su mala fama nació de una lectura fragmentaria de El Príncipe, esa obra escrita en su destierro, más como carta desesperada que como manual de tiranía.
Frase brutal, sí. Pero también profundamente política: no hay fundación sin conflicto, ni libertad sin fuerza. Lo que Maquiavelo estaba diciendo —con toda su crudeza— es que la política es un terreno de realismo, no de pureza moral. Quien quiera entenderlo tiene que aceptar que “la bondad y la maldad son asuntos de la moral privada”, no del gobierno de los pueblos
El mito del tirano
En realidad, Maquiavelo no recomendó la tiranía: la mostró tal cual es. Fue el primer autor en atreverse a describir cómo funciona realmente el poder, sin decorarlo con virtudes. Como diría Francis Bacon, su mérito fue “mostrar lo que los hombres hacen, y no lo que deberían hacer”. Por eso se le odia: porque expuso la hipocresía del poder con una claridad insoportable. En su mundo, los príncipes no son santos, pero los pueblos tampoco. “Los hombres son ingratos, hipócritas y volubles”, escribió en El Príncipe, “y mientras los favoreces son tuyos, pero cuando los necesitas te dan la espalda”
Maquiavelo no celebró esa condición: la diagnosticó. Lo hizo porque sabía que un Estado solo puede fundarse si asume la realidad humana, no si la niega. Su visión pesimista del hombre —como ser egoísta, ambicioso y voluble— no era una apología del mal, sino una vacuna contra la ingenuidad política.
“Un hombre que quiera ser bueno en todo, fracasará entre tantos que no lo son.”
—El Príncipe, cap. XV
La violencia: entre la fundación y la corrupción
Ahí entra su reflexión más polémica: la violencia. Para Maquiavelo, la violencia no es buena ni mala: es necesaria. Puede ser destructiva —como la del tirano que busca perpetuarse— o fundacional, como la del legislador que crea un orden nuevo. La diferencia no es moral, sino política.
Hannah Arendt lo entendió bien cuando dijo que Maquiavelo “justificó los medios violentos solo en el acto de fundar un Estado o una república”, no en su conservación cotidianaDialnet-LaPoliticaYLaViolenciaE…. Lo que Maquiavelo admiraba de Rómulo, de Moisés o de Licurgo no era su ferocidad, sino su capacidad de crear instituciones que sobrevivieran a la muerte de su fundador.
Por eso, cuando Maquiavelo defiende el uso del mal en política, no lo hace como un sádico, sino como un realista. El mal político no es el placer de dañar, sino el precio a pagar para fundar un Estado. La violencia legítima (si es posible la expresión) es la que establece la libertad; la ilegítima, la que la destruye.
El Maquiavelo republicano
Es en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio donde se revela el verdadero corazón de Maquiavelo. Ahí, el florentino celebra la virtud cívica, la participación popular y la república romana como modelo de equilibrio entre libertad y poder. Su ideal no era el déspota ilustrado, sino el ciudadano armado, consciente y capaz de defender su patria.
Como recuerda Héctor Zamitiz, esa dimensión republicana se forja en la Florencia turbulenta de Savonarola y los Médici, donde Maquiavelo fue testigo de la caída y resurgimiento del poder, del fanatismo religioso y del uso de la fe como instrumento político. Su experiencia en la república florentina no fue teórica: fue vivida en carne propia. “No es la Providencia sino los hombres —dirá— quienes hacen la historia y forjan su destino”. Por eso, su mirada no es la del clérigo ni la del moralista, sino la del humanista renacentista que cree en la libertad civil y en la responsabilidad humana frente al destino.
“Dios no quiere hacerlo todo, para no quitarnos nuestro libre albedrío.”
—El Príncipe, cap. XXVI
¿Maquiavelo o nosotros?
Quizás el problema no sea Maquiavelo, sino nuestra propia comodidad moral. Ponemos cara y nos escandaliza su frialdad porque preferimos pensar hipócritamente que la política y el ser humano es un espacio de virtud y no de lucha. Pero si algo nos enseña el florentino es que no hay libertad sin conflicto, ni justicia sin poder.
Él no inventó la corrupción de los gobernantes, solo tuvo la honestidad de describirla. No enseñó a los príncipes a ser malos, sino a los pueblos a desconfiar de ellos. Y eso, quizá, es lo que más molesta de su pensamiento: que detrás del maquiavelismo no hay un tirano, sino un demócrata radical.
“La violencia política no es una enfermedad: es el parto del orden.”
Quizá ha llegado el momento de reconciliarnos con Maquiavelo. No como con un demonio, sino como con el pensador que nos obliga a mirar el poder sin máscaras. Porque si seguimos creyendo que la política se rige por la bondad, seguiremos cayendo en manos de los que saben usar la crueldad con inteligencia. Maquiavelo no enseñó a los tiranos a dominar; enseñó a los pueblos a entender cómo son dominados.
Detrás del “maquiavelismo” que tanto se teme, hay un llamado a la lucidez: a reconocer que la libertad no nace de la inocencia, sino del conflicto, del cálculo y de la virtud cívica. Quien lo entienda, comprenderá que el verdadero enemigo de Maquiavelo no fue la moral, sino la hipocresía.
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Referencias
Cortés Rodas, F. (2001). La política y la violencia en el pensamiento de Nicolás Maquiavelo. Estudios Políticos, (19), 187–198. Instituto de Estudios Políticos, Universidad de Antioquia.
Maquiavelo, N. (1995). El Príncipe (L. Martínez Gómez, Trad.). Madrid: Cátedra.
Maquiavelo, N. (1987). Discursos sobre la primera década de Tito Livio (A. M. González, Trad.). Madrid: Alianza Editorial.
Zamitiz Gamboa, H. (2014). Para entender la originalidad del pensamiento de Nicolás Maquiavelo. Estudios Políticos, (32), 11–36. Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.
